La séptima sesión de la iniciativa Eta Orain, Zer, organizado por el Globernance y la Kutxa Fundazioa se centró en el análisis de la situación de la cultura y sus expectativas de futuro a la luz del impacto del Covid-19. Para dialogar sobre estas cuestiones contamos con la participación de Santi Eraso, Gestor Cultural con experiencia de dirección en Arteleku y DSS2016EU y Madrid Destino; Claude Bussac, Directora General Arte y Festivales en La Fábrica; y Asier Mendizabal, artista; todo ello moderado por  Edurne Ormazabal, Directora General de Tabakalera.

La sesión se centró en aspectos fundamentales que han condicionado ese impacto presente y determinarán la evolución de la cultura en el mundo post Covid-19, tales como el papel de la cultura como instrumento de transformación social y no sólo como entretenimiento, el rol de las instituciones públicas y privadas en la creación y gestión cultural y su sostenibilidad, la necesidad de nuevas políticas públicas adaptadas a los nuevos tiempos, el papel de la ciudadanía como creadores y consumidores culturales, la importancia de la coordinación de intereses que forman las redes y entramados de servicios culturales o el equilibrio entre el espacio local de iniciativas y la existencia de plataformas globales, entre otras muchas cuestiones. El núcleo de la conversación, en todo caso, giró entorno a tres áreas principales que, de acuerdo con los y las ponentes de la sesión, determinarán el futuro inmediato de la cultura.

En primer lugar, la necesidad de articular un sistema cultural centrado en la función social de la cultura y no únicamente en lógicas de mercado que priman su valor de cambio sobre su valor de uso. Un cambio de paradigma que va más allá de la simplificación dicotómica de la financiación y titularidad pública o privada, y tiene más que ver con la concepción de la oferta cultural como proceso ecológico y no industrial, la valorización del trabajo de los y las artistas frente a la actual precariedad, la importancia de la ciudadanía como parte orgánica de los procesos culturales y no sólo como consumidores o la descentralización del sector cultural que permita una mayor coordinación entre los agentes implicados (empezando por las propias instituciones públicas) en la creación, investigación, difusión y recepción cultural.

En segundo lugar, la importancia de contar con una estructura y una cultura de familiarización con la cultura, especialmente con su práctica. Es decir, superar la perspectiva pasiva de la cultura que sitúa a la ciudadanía en un espacio marcadamente diferenciado de los procesos y sistemas culturales. Un objetivo en el que la intervención de entidades tanto públicas como privadas (empresariales y de la sociedad civil), cada una aportando su experiencia, prioridades y valores, será fundamental para coordinar no sólo actores dentro del propio sector cultural, sino también entidades de otros sectores. Un objetivo en el que la educación y la gestión del patrimonio, como ámbitos de reproducción social determinantes, serán fundamentales para garantizar el conocimiento necesario tanto para valorizar la cultura como, sobre todo, para promover su participación. 

En tercer y último lugar, la conexión entre el modelo económico y los sistemas culturales, siendo así que son espacios que se retroalimentan. Este punto se planteó en, al menos, dos sentidos. En primer lugar, ligado con el primer punto ya mencionado, por la dificultad de conseguir una cultura no precarizada, dinámica, no acelerada, no volátil, que trascienda el consumo inmediato o sea reflexiva y crítica en un entorno socioeconómico que no incentiva esa transformación. En segundo lugar, no obstante, se planteó también en un sentido que valoriza y pone en el centro a los propios sistemas culturales por su capacidad de generar significados y, con ello, cambio social. Una potencialidad de la cultura que se ha visto particularmente afectada por el confinamiento, que ha reforzado el consumo más individualizado y desarticulado, y que será clave revertir para posibilitar esa sinergia entre los sistemas culturales y la consolidación de modelos económicos más sostenibles.

De hecho, estas tres áreas se han visto directamente condicionadas por el impacto de la crisis del Covid-19, siendo a su vez fundamentales para esa gestión del día después. Porque en un tiempo de incertezas y cambios disruptivos de nuestras formas de vida, la cultura debería jugar un papel determinante a la hora de dar visibilidad a cuestiones y sujetos de otro modo invisibilizadas, incorporar perspectivas críticas con carácter holístico o dinamizar espacios comunitarios para pensar el futuro en común. Porque, en definitiva, una salida sostenible de la crisis deberá incluir la cultura tanto como la cultura deberá jugar un papel clave en esa salida.